AUTOR: ALINA ROSAS DUARTE.
Marinos, soldados y un grupo afín al entonces candidato presidencial, Enrique Peña Nieto, desfilaban en Palacio Nacional la media noche del 30 de noviembre. En cadena nacional, la transición era un éxito, se anunciaba que Felipe Calderón salía de Los Pinos y, con ello, el regreso del Partido Revolucionario Institucional era inminente. Mientras, en las calles, se vivía incertidumbre, entre máscaras anti gases, bombas molotovs, pancartas e indignación, se preparaba la bienvenida de Enrique Peña Nieto, sin saber que Enrique Peña Nieto, también les preparaba una bienvenida.
Nadie durmió esa madrugada en el Monumento a la Revolución, jóvenes de diferentes grupos y organizaciones como #Yosoy132 mantenían una asamblea para decidir los elementos de seguridad que acompañarían la marcha. Unos se retiraron, el discurso de “respetar todas las formas de lucha” no los convenció, argumentaban que se correría peligro una postura indeterminada que como podía permitir gritos, podía permitir artefactos explosivos.
A las dos de la mañana, uno de éstos explotó, el monumento a la Revolución se iluminó; sin embargo, los policías que custodiaban los alrededores nada hicieron, decenas de patrullas se limitaron a esperar a que el contingente juvenil partiera hacia San Lázaro.